NACHA GUEVARA El Vals Del Minuto

De buena ARTISTA a mala CANDIDATA

Por momentos desbordante, y casi siempre muy segura de sí misma y de sus propias fuerzas -que contradicen su escueta imagen-, ella explica cuál es la verdadera relación que desea tener con el público: un desafío cada noche.
Para nada complaciente consigo misma transfiere esa exigencia a quienes la rodean, inclusive en el ámbito privado. “Tengo tres chicos; hay que parar la olla pero me la aguanto piola”. Cómo desdobla su vida profesional y doméstica, cuáles son sus debilidades, y qué espera del teatro en el actual contexto sociopolítico.
La cita había sido prevista para mediados de diciembre, pero Nacha Guevara estaba a punto de tomarse sus primeras vacaciones en siete años (fueron quince días repartidos entre Mar del Plata, Pinamar y Bariloche) y entonces se postergó hasta los primeros días de enero. Naturalmente, dos semanas de descanso son una migaja para una persona que no se ha dado tregua durante tanto tiempo; “Una descubre, así, que el ocio fugaz aliena y angustia más que el trabajo intenso”.

 

Entrevista anónima

—¿Por qué te llamás así?
—Lo de Nacha es un vicio de familia. En mi casa las tres mujeres tenemos sobrenombres con abundancia de ce-haches, vaya a saber por qué. Mamá, Clotilde como yo, se apoda Churucho; mi hermana mayor es Mochi, y se llama María del Carmen; yo, Nacha. Adopté el Guevara por un problema de identidad. Cosas que me vienen de la infancia: conflictos con mi viejo, que se fue cuando yo tenía seis meses y a quien conocí a los veinticinco años; problemas con, mi padrastro que se apellidaba Guerrero, bastante parecido, ya lo ves. Empecé a llamarme Nacha Guevara hace diez años, cuando el Che no era poster, claro.

—Y cuando naciste como actriz, ¿no?
—Cierto. Yo tenía una rígida disciplina, esa que adquirís con el ballet clásico. A la hora de decidir, en casa no les convencía que bailara. Me dediqué a ser modelo, pero no me fue del todo bien. Era demasiado flaca, mi tipo no gustaba por aquel entonces, me había adelantado a la época, ¿entendés? Ahora todo se ha modificado bastante. Diez años atrás las chicas eran armoniosas de otra manera. Pero aprendí a trabajar bien, cosa que me sirve brutalmente. ¡Vieras con la destreza que me cambio durante el espectáculo!

—¿Quién te incentivó para que iniciaras esta carrera?
—Ah, yo estudié teatro: cuatro años con Juan Carlos Gené, un gran profesor, a quien admiro también como escritor. La formación que él proporciona es seria y sólida. Es como un esqueleto que te sirve para que bordes encima. Su técnica es sana y te resulta para toda la vida. Después, viene el talento personal. La falla que le encuentro a Gené es su temperamento reprimido; eso te jode en todos los órdenes: los alumnos también lo hemos experimentado. Alexia Prat Gay me enseñó a hablar: a mí no se me entendía nada. A cantar empecé mucho después; yo soy poco dotada para el canto aunque ahora no lo parezca; la profesora que elegí luego, Susana Naidich, consiguió maravillas con mi garganta. ¿Te acordás de la actriz Graciela Dufau? Era amiga mía y fue la primera en sugerirme que cantara, estudio que inicié años después. Como todas las cosas que emprendo.

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