“La Cesárea en la Mitología”

La Cesárea en la mitología, la prehistoria y en las culturas primitivas

La cesárea es la operación quirúrgica más antigua de la Historia de la Humanidad, aunque en sus comienzos sólo fuera practicada sobre cadáveres para tratar de extraer al no nacido con vida desde el vientre materno. Esta operación, que muy posiblemente es una de las más emblemáticas de la especialidad obstétrica, ha servido para salvar la vida de cientos de miles de madres y de niños a lo largo de los siglos.

Julio Cruz y Hermida Profesor titular de Obstetricia y Ginecología de la Universidad Complutense. Miembro de la Real Academia Nacional de Medicina.

La cesárea en la mitología

La mitología griega o romana es rica en tradiciones, leyendas y anecdotario variopinto. Los dioses y personajes semidivinos, dentro de un mundo de pasiones, odios, amores y traiciones, más propio de la bajeza de los mortales que de la grandeza que debiera corresponder a deidades famosas, ofrecen curiosos episodios reproductivos con resolución de cesárea. Así se nos narra como la bella y mortal Coronea, hija de Flejias, rey de Tasalia (donde habitan los Laitas), es seducida y en consecuencia preñada, por un bello y conocido dios: Apolo, el legendario hijo de Zeus. Más tarde Coronea, mujer casquivana, engaña al padre del hijo que lleva en sus entrañas con su amante Isquis, suscitando la traición en Artemisa, la hermana de Apolo, una divina e impulsiva irritación, que la induce a matarla a flechazos.

Colocado el cadáver de Coronea en la pira funeraria, antes de ser incinerado, da lugar a que aparezca Apolo, quien, con vocación paternal, abre con su daga el vientre de su esposa, extrayendo a su hijo nonato, al que llamará Asclepio (Esculapio para los romanos), entregándolo al centauro Quirón para que, con el tiempo, le enseñe el arte de curar y encarne al dios de la Medicina. Merced a esta cesárea posmortem, tenemos los médicos patronazgo mitológico.

Pero no es esta la única cesárea practicada en el glorioso Olimpo. Recordemos como la diosa Juno, esposa de Zeus (Júpiter para los romanos), se enamora apasionadamente de una bella criatura mortal llamada Semele, a la que regala condición divina concediéndole ser “diosa de la luna”, en premio de haberla dejado preñada. Ella, con peligrosa curiosidad, reclama a su amante conocer la auténtica naturaleza de su fuerza –que no era otra que el “rayo divino”– con lo que al satisfacer dicha curiosidad, queda fulminantemente carbonizada. En esta escenografía de gestante muerta con feto vivo intraútero, hace aparición otro hijo de Zeus: el dios Hermes (asimilado al Mercurio romano), quien, aparte de su condición de patrón de comerciantes y ladrones, es también protector de resucitados, y ejerciendo esa condición, abre con presteza el vientre de la infortunada Semele, extrayendo una criatura viva y prematura, de seis meses de gestación. Ante la grave inmadurez fetal, en un astuto gesto clínico para combatirla, la cose al poderoso muslo de su padre para que allí pueda continuar desarrollándose (la primera incubadora divina de la historia), hasta que, tres meses después, la descose, produciéndose el nacimiento de un simpático y divertido diosecillo apodado Dionisos (Baco para los romanos), que será el futuro dios del vino y protector de los borrachos, siendo su personalidad tan importante que se ganó el honor de ser pintado por dos mortales genios de la pintura: Leonardo da Vinci y Diego Velázquez. Etimológicamente Dionisos significa “nacido dos veces” o “hijo de doble puerta”, por su específico nacimiento.

Esta leyenda ha quedado reflejada plásticamente en una bella pintura existente en el palacio Estense de Sassuolo, y cantada en versos por Ovidio, Pindaro y Virgilio.

Clínicamente, estos dos episodios reflejan importantes aspectos obstétricos: la cesárea posmortem, la inmadurez fetal y su tratamiento hasta conseguir la viabilidad del feto prematuro.

En la mitología india se narra el nacimiento por cesárea de Indra, señor del cielo, del rayo y del aire, quien, según el libro sagrado de los Vedas (2000 a.C.) se niega a nacer por la vía convencional, haciéndolo a través de una apertura oblicuolateral del vientre materno, sin incisión previa.

De Buda (453 a.C.) se cuenta una bella leyenda: su madre, Maya Devi, fue sorprendida por el parto en un bosque de Lumbini. Sentóse al lado de una acacia (el “árbol de las mil ramas”) y observó como un elefante blanco, sobre columna de plata, se acercó hacia ella y, tras dar tres vueltas en torno suyo para adorarla, la apretó dulcemente en su “flanco derecho” como si quisiera penetrar en su interior. Maya, apoyada sobre el tronco de la acacia (desde entonces siempre verde), expulsó por el vientre a su hijo Buda, acompañándose de una sensación lena de alma y de cuerpo, que no fue otra cosa que la poesía.

Nos encontramos, pues, con un doble parto simultáneo: el de Buda, por la vía parantural del costado, y el de la poesía, a través de la plenitud gozosa del alma.

Abandonemos ese conflictivo Olimpo de los dioses, y abordemos el campo de las leyendas y sucesos de los mortales, dejando constancia de que con el protagonismo de dioses y semidioses, la cesárea adquiere “categoría de divina o vía de los dioses”, en contraposición a la prosaica y fea vía natural, según palabras del propio San Agustín: “Inter faces et urina nascimur” (nacemos entre las heces y la orina), por la vecindad de vejiga y recto al canal blando del parto.

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