“Beethoven y su sordera”

Creo que vale la pena citar aquí una anécdota que algunos o muchos lectores conocerán. Tras una conferencia impartida, ya bien entrado el siglo XX, por un célebre científico en la que apoyaba la tesis, entonces novedosa, del aborto terapéutico, uno de los asistentes que se encontraban entre el publico le planteó al conferenciante la siguiente cuestión: “¿Qué recomendaría en el caso de una mujer tuberculosa, posiblemente sifilítica, abrumada por las tareas domésticas, casada con un borracho y que está embarazada nuevamente tras haber perdido a un hijo recién nacido? El sabio interpelado respondió sin dudar: “Es un caso clarísimo en el que yo indicaría un aborto”. El que había hecho la pregunta miró en derredor suyo al resto del público y con tono entre dramático y divertido dijo: “Ruego a todos ustedes un minuto de silencio. El conferenciante acaba de matar a Beethoven”.

Un primer hijo de este matrimonio murió a los seis días de nacer. Le habían bautizado con el nombre del abuelo, Ludwig, y lo mismo hicieron con el siguiente, nacido en diciembre de 1770 en Bonn, que sobreviviría para gloria de la música. Este segundo Ludwig van Beethoven demostró desde muy niño una extraordinaria capacidad para el aprendizaje y la interpretación musical: él sí tenía madera para ser un nuevo Mozart. Pero su padre le sometió a un régimen educativo absolutamente demoledor para ese precoz ingenio; sólo su fuerza de voluntad consiguió mantener a salvo sus dotes como pianista que luego le abrirían muchas puertas. Los primeros años fue su padre quien se encargó directamente de su enseñanza, pero el borrachín y mediocre Johann no tenía mucho que enseñarle y sí muchas malas mañas para adocenarlo. Afortunadamente se convirtió más tarde en alumno de Christian Gottlob Neefe, un buen maestro que pulió al joven y, sobre todo, supo descubrir en él a un potencial artista de valía dándole entonces buenos consejos y estimulando su capacidad creativa hacia la composición además de fomentar su actividad como virtuoso del piano.

A la muerte del padre, Beethoven abandonó Bonn y se encaminó a Viena, capital del Imperio Austríaco y también capital de la música europea. Su intención era entrar como discípulo en el circulo que rodeaba al maestro indiscutible, Joseph Haydn, creador de la sinfonía como estructura orquestal –escribió más de cien– y autor de numerosas obras sinfónicas, concertísticas y grandes oratorios como “La Creación” que es quizá, la obra más sublime jamás compuesta por el hombre. Pero Haydn, ya anciano y demasiado encumbrado en los ambientes vieneses, no pudo o no quiso ocuparse de aquel joven alemán recién llegado, de modo que Beethoven se aproximó a otros maestros que estaban en la ciudad. Uno de ellos fue Antonio Salieri quien años después, en medio de una crisis de alienación mental que le llevó a intentar suicidarse, se confesó asesino de Mozart sin que este hecho pueda ser aseverado por la historiografía rigurosa aunque desde entonces acá haya estimulado la imaginación de novelistas, dramaturgos y cineastas.

Mas Beethoven no encontró en ninguno de sus ocasionales profesores nada que colmase sus deseos de aprender ni su ambición de triunfo y optó por hacer valer su virtuosismo pianístico. En Viena muchas familias aristocráticas tenían a gala no sólo ofrecer en sus residencias conciertos con los más insignes músicos, sino también acoger como “ahijados” o “protegidos” a algunos de éstos que, a cambio, les dedicaban sus obras con lo que el nombre de la familia o de alguno de sus miembros alcanzaba la inmortalidad que estaba asegurada a las creaciones de aquellos genios. Era una forma de mecenazgo muy al estilo renacentista y con los mismos inmejorables resultados en beneficio de las Artes y de toda la humanidad.

En el caso de Beethoven fue la familia del príncipe Lichnowsky y su esposa Christiane quien primero le acogieron, si bien otras familias siguieron luego su ejemplo y en todas ellas encontró el músico un ambiente acogedor que suplió el que había estado ausente de su propio hogar de Bonn. También allí conoció a algunas de las mujeres que más influyeron en su vida, aunque permaneció siempre soltero: Christiane Lichnowsky, Giulietta Guiciardi -a quien dedicó su maravillosa sonata “Claro de luna” – o Bettina Brentano, hermana de Antonia a la que se ha querido identificar como la célebre amada inmortal que inspiró muchas de las composiciones del artista y aparece citada reiteradamente con este misterioso apelativo en su correspondencia. Una magnífica película con ese mismo título, “La amada inmortal” , pretende dar una respuesta de marcado tinte dramático a ese misterio biográfico de Beethoven. Por otro lado, esa misma película nos presenta una visión tan agónica como sugestiva de la figura del músico.

Si bien las puertas vienesas se le abrieron de par en par como pianista, Beethoven llevaba dentro un genio creador que comenzó enseguida a dar sus frutos. En 1800 estrena su “Primera Sinfonía” y el “Concierto para piano y orquesta nº 1”; siguen luego los “Cuartetos para cuerda” y la música para el ballet de Salvatore Vigano “Las Criaturas de Prometeo” que obtiene un éxito indescriptible en Viena. Continúa simultaneando el trabajo de compositor con el de intérprete, pero en el año 1801 comienzan a manifestarse los primeros síntomas de la enfermedad más terrible para un músico: la sordera.

El mal avanza rápidamente y Beethoven tiene que dejar de tocar el piano. Su ánimo parece derrumbarse y escribe a sus hermanos una larga carta, conocida como “Testamento de Heiligenstadt”, en la que les habla veladamente de su deseo de morir e incluso de algún intento de suicidio. Pero consigue sobreponerse y poco tiempo después dirá: “Cogeré el destino por la garganta, no podrá doblegarme por completo.” A partir de entonces concentra toda su actividad en la composición: él tiene la música entera en la cabeza y no necesita oírla para crear extraordinarias piezas en las que decenas de instrumentos armonizan su sonido entre sí y con los solistas o con la voz humana. Se trata de una de las más titánicas luchas que tiene que llevar a cabo un hombre contra el destino que se muestra aciago: pero Beethoven es un genio y la genialidad radica también en saber vencer lo que a los demás mortales les niega el ánimo y la imaginación.

Otro drama se cernía sobre Ludwig. A la muerte de su hermano Caspar quiso obtener la custodia de su sobrino Karl para lo que tuvo que litigar durante años y muy duramente con la madre de éste, su cuñada Johanna. Al fin la consiguió pero Karl fue una nueva fuente de disgustos para Beethoven que lo quería como al hijo que nunca tuvo: tras un intento de suicidio, el muchacho acabó por sentar plaza en el ejército y ni aún así dejó de amargar la vida a su tío.

Beethoven siempre manifestó un pensamiento político cercano al liberalismo e incluso se sentía íntimamente republicano frente a los poderes monárquicos en los que se desarrollaba su existencia. Por eso fue un encendido admirador de Napoleón en sus primeros años de Cónsul y cabeza visible de la República francesa; en su admiración por el corso -otro genio en aquel ámbito histórico- quiso dedicarle su “Tercera Sinfonía” a la que llamó “Bonaparte” según escribió de su propia mano al comienzo de la partitura. Pero al proclamarse Napoleón Emperador en 1804, Beethoven creyó ver traicionada su confianza y tachó la dedicatoria: la Tercera se conoce hoy como “Sinfonía Heroica”.

A pesar de que no se recató en ningún momento de sus críticas a la actitud de Napoleón, un hermano del Emperador, Jerónimo, a quien aquél había nombrado rey de Westfalia, quiso llevarse a su corte a Beethoven y el músico no pareció hacer demasiados ascos a la propuesta. Entonces sus amigos vieneses, algunos de ellos también discípulos, buscaron la forma de impedir la marcha. El archiduque Rodolfo y los príncipe F. J. Lubkowitz y F. Kinsky establecieron bajo contrato un fondo económico para pasarle a Beethoven una renta vitalicia de 4.000 florines holandeses con la condición de que permaneciera siempre en Viena. El trato le pareció bien a Ludwig y cumplió su parte aunque unos años después el dinero dejase de llegar por la muerte o la ruina de sus financiadores.

Viena se convirtió tras la definitiva caída de Napoleón en Waterloo en el centro político de Europa, al menos durante los meses en que se reunió en la ciudad el Congreso de los países aliados vencedores del francés para sentar las bases, como se creyó entonces, de la nueva convivencia europea. En el Congreso (septiembre 1814 – julio 1815) se dieron cita reyes, príncipes, ministros y toda clase de políticos bajo la atenta y vigilante mirada del canciller austríaco Maetternich, árbitro de la situación y componedor de naciones como si se tratara del corte y cosido de un gran mantel llamado Europa. Beethoven vivió uno de sus momentos más triunfales y creadores entre la admiración de tantos personajes reunidos en la ciudad del Danubio: “Fidelio”, la “Séptima Sinfonía”, el concierto “Emperador”, “La victoria de Wellington” o “La Batalla de Vitoria”, y otras muchas obras fueron creadas para la ocasión o estrenadas entonces en los repletos salones vieneses.

Sin embargo, poco después de clausurarse el Congreso comenzó para Beethoven un largo período de decaimiento vital y creativo. Su sordera era ya completa teniendo que comunicarse a través de un cuaderno en el que le escribían las preguntas o los comentarios. La mayoría de sus amigos vieneses fueron muriendo en un corto plazo de tiempo y él se fue quedando solo sin que disminuyesen sus problemas hogareños. Además, en el panorama musical europeo estaban cambiando las tendencias y los gustos: ahora se alzaba la estrella de los compositores italianos y muy especialmente la de Gioachinno Rossini. Las obras de Beethoven cada vez se interpretan menos y también él deja prácticamente de componer. Su única relación con los demás parecen ser los “cuadernos de conversación” de los que hubo más de cuatrocientos pero sólo se conservan ciento treinta; en ellos se puede pasar revista a la cotidianeidad de su vida que en muchos momentos se nos presenta como angustiosa. Parece que Beethoven está definitivamente acabado, que ha concluido su ciclo artístico.

Pero una vez más es capaz de “coger al destino por la garganta”. En mayo de 1824 estrena nada menos que la “Missa Solemnis” y la “Novena Sinfonía”, dos obras en las que, desde la aparente sequedad creadora, se alza a las más altas cumbres de la creación artística. La Historia de la Música estaría falta de uno de sus pilares sin la existencia de la “Novena” de Beethoven, quizá la obra de repertorio más interpretada por todas las orquestas del mundo. Ahora sí estaba cumplida su existencia.

Murió el 26 de marzo de 1827 y a su entierro el día 29 acudieron más de veinte mil personas, leyéndose durante la ceremonia solemnes discursos fúnebres redactados por grandes escritores de Viena. Su legado fue malvendido en públicas subastas por sus herederos y los cientos y cientos de manuscritos de sus obras se dispersaron; gracias a que la mayoría habían sido publicadas en vida del músico podemos hoy seguir disfrutando y admirándonos de su creación.

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