“Las enfermedades que hicieron historia:El baile de San Vito”

En la actualidad, al referirnos al baile de San Vito pensamos en la corea menor, manifestación de la fiebre reumática caracterizada por movimientos bruscos, involuntarios y con debilidad e inestabilidad emocional. Históricamente fue aquel movimiento comunitario y tumultuoso de locura de danzantes, donde intervino el contagio mental en gentes culturalmente desvalidas y asustadas por la devastación de las epidemias de la época que arruinaban sus vidas.

Dr. Ángel Rodríguez Cabezas. Dra. Maribel Rodríguez Idígoras. Especialistas en Medicina Preventiva y Salud Pública

Aunque casi todos identificamos este mal con la corea reumática expresión generalmente tardía de la fiebre reumática que pocas veces se ve en la clínica, actualmente existe, no obstante, desde el punto de vista histórico, no poca confusión en el terreno de la denominación, al disputarse ésta varias entidades nosológicas o manifestaciones sintomáticas donde el baile de San Vito planea como singular aglutinante. A pesar de todo, relataremos unos hechos históricamente verificados aunque sus raíces etiológicas queden algo confusas y embrolladas.

Corría el año 1352, cuatro años tan sólo desde que se iniciase en Europa la llamada peste negra, la más terrible enfermedad transmisible hasta entonces conocida, cuando a la ciudad de Aquisgrán empezaron a llegar casi al mismo tiempo, y por diferentes calles, gentes extrañas, de aspecto germánico, que acabaron congregándose en la plaza para allí formar una gran circunferencia.

De pronto, y sin que nadie diera orden alguna, un grupo de ellos se pusieron a bailar contorsionándose en movimientos arrítmicos, semiconvulsivos, gesticulando espantosamente y gritando desafinada y onomatopéyicamente de forma pavorosa. Enseguida todos los demás fueron imitando a los primeros hasta que la totalidad de los congregados gritaban desaforadamente y bailaban y brincaban alejados de todo compás, sin ritmo, de forma evidentemente alocada y tremebunda, con los ojos plenos de espanto y dejando ver sus lenguas salientes por sus bocas desdentadas.

Apresuradamente aquel grupo abandonó Aquisgrán, y sin parar en tal aberrante actitud, la procesión de bailarines alocados fue recorriendo pueblos y ciudades en un necio ballet que promovía el contagio mental de los que lo presenciaban, que se unían a tan desmadrada caravana, deshabitando tierras y hogares en un caminar errático y desordenado, atravesando tanto paisajes poblados como desiertos, aldeas de vivos o tumbas de muertos, vadeando ríos o recorriendo calzadas o sembrados, escalando laderas suaves o escarpadas sierras, retozando sobre frondosos valles o primorosos jardines. Nada importaba excepto el continuo evadirse, seguir y seguir en aquella actitud frenética, loca de todo pasmo.

El fenómeno, mal estudiado historiográficamente, tomó dimensiones escalofriantes: toda Europa bailaba, y lo hacía poniendo su pensamiento en San Vito, mártir de Diocleciano (303), al que algún clérigo, harto de fracasar en sus exorcismos, había encomendado la protección de aquellos extravagantes bailarines.

Los afectados por el baile de San Vito eran tratados, los más, con exorcismos o diferentes ritos antiembrujamientos; los menos eran quemados directamente en la hoguera. Algunos alternaban sus convulsiones paroxísticas con un estado especial de arrobamiento o éxtasis. La evidencia de estos acontecimientos existe en las peregrinaciones que tenían lugar a Gheel (Bélgica). Se construyeron centros especiales para estos enfermos, posiblemente el primero de Europa fue la Casa del Padre Jofré en Valencia en 1409.

Aquella caravana maníaca y extravagante seguía su marcha imparable y se acercaba a Italia donde se elaboró la teoría, que todos creyeron, que la causa de aquel mal extraño era la picadura de una araña: la tarántula. Y como lo que sí era ilógico es que miles de personas recorrieran cientos de kilómetros cantando y bailando sin música, se piensa que los italianos, con enorme dosis de lógica y gran afición a la música, y no encontrando remedio mejor al mal, inventaron una melodía para acompañar a aquellos tarados. Así, de la picadura de la tarántula nacieron las tarantelas, que al menos justificaban aquellos movimientos anárquicos. Obró efecto positivo la musicoterapia puesto que el mal remitió cuando la caravana de danzantes recaló en Nápoles.

¿Qué fue en realidad esta manía del baile, llamado de San Vito? Aldous Huxley lo describe muy bien en “Los Demonios de Loudum”. ¿Se trataba de un contagio mental, como ya había tenido lugar otro similar, de menores proporciones en el siglo X, y como habría de suceder mucho más tarde con el caso de los cuáqueros o el de los jumpers o saltadores, o algunos otros donde el arrebato religioso estimula estas reacciones aferradas al subconsciente provocando una especie de éxtasis colectivo, medrado por el contagio? ¿Los primeros danzantes estuvieron afectos de la llamada corea menor reumática de Sydenham y los restantes
sufrieron el contagio de la imitación?

¿O tal vez existiese una fuerte relación entre fenómeno colectivo y las llamadas procesiones de flagelantes organizadas a instancias del Papa de Aviñón como respuesta humana al castigo divino que representaba la peste negra? Estas procesiones de flagelantes tienen en su origen y en su desarrollo mucha similitud con la de los danzantes o bailes de San Vito que acabamos de describir, pero en su estructura histórica se advierten algunas diferencias importantes. Las procesiones de flagelantes, que surgen como súplica religiosa para el cese de la peste negra, cruzan también regiones y países en actitud penitencial fustigándose unos a otros, los que iban armados de látigos a los que portaban pesadas cruces. Todos iban descalzos y cubiertos de ceniza en actitud penitencial. Sin embargo, estos movimientos religiosos van degenerando poco a poco hasta que por el propio hacinamiento de los cuerpos semidesnudos en campamentos improvisados se convierten en verdaderas orgías. Sucede que en este maremagno de personas ya indolentes, que advierten como irremediable un pronto final a su existencia, afloran las bajas pasiones en su conducta comunitaria, de la que participan incluso clérigos. Por otra parte muchos delincuentes, perseguidos por la justicia, encontraron en estas multitudes de flagelantes el escondite ideal.

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