“Molière y los médicos”

Molière y los médicos

La agudización de la tuberculosis pulmonar crónica y no su vestimenta de color amarillo fue la causa de la muerte del dramaturgo francés Molière mientras representaba el papel de Arpagón en ” El enfermo imaginario”. A más de tres siglos vista, se aborda la maltrecha salud de este polifacético personaje desde su juventud y su relación con los galenos y la Medicina de su época, comparable a la que tuvieron otros literatos españoles como Francisco de Quevedo.

Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

La figura de Jean Baptiste Pocquelin (1622-1673), conocido universalmente por su nombre artístico de Molière, es una de las más destacadas entre la pléyade de escritores teatrales que realizaron su obra durante el reinado de Luis XIV de Francia. Otros autores de la misma época son los trágicos Racine y Corneille quienes, por cierto, entraron a saco en la Literatura española para obtener argumentos y personajes para sus propias obras; y en no pocas ocasiones no se contentaron con encontrar inspiración en nuestras fuentes sino que, lisa y llanamente, plagiaron lo que se había escrito a este lado de los Pirineos. El caso más flagrante es el de Corneille que en su drama “El Cid” copia íntegramente, hasta en su defectos formales y gramaticales, la obra “Las mocedades del Cid” del castellano Guillén de Castro. Claro que los franceses han gozado a lo largo de toda su historia de una magnífica estructura “publicitaria” que los ha presentado ante los ojos del resto del mundo como genios de originalidad y adalides de todo lo moderno y además sin posible contestación por los demás europeos y menos aún por los españoles desde que precisamente Luis XIV, el Rey Sol nada menos, declaró a nuestra patria como un protectorado cultural de su “grandeur”.

Pero sin duda ha sido Molière el que con mayor vitalidad ha logrado atravesar el tiempo y mientras los otros autores quedan para las antologías y la erudición, él sigue viendo desde el otro lado cómo sus comedias continúan subiendo a los escenarios y sus argumentos mantienen su interés, e incluso algunos cobran una espectacular ac-
tualidad como en el caso de su “Tartufo” que simboliza al advenedizo trepador social que utiliza las artes -son sus palabras- de “monedero falso de la devoción”. Molière, por su propia trayectoria vital, reúne en una sola figura todo lo que es el teatro, por lo cual no es de extrañar que su evocación sea de especial agrado para quienes rondan alrededor de este arte como profesionales o como simples aficionados.

Fue la de autor, su faceta más conocida por el gran público; pero también fue director, escenógrafo, creador de compañías teatrales y, sobre todo con una vocación y una dedicación sólo comparable a la de autor, fue actor desde los comienzos de su biografía artística hasta el mismo momento de su muerte. Precisamente en relación con su muerte se ha fraguado una tradición, leyenda o superstición, –como quiera llamarse– que perdura entre las gentes de teatro y, por extensión, en las de otras actividades vinculadas de algún modo al espectáculo. Molière desempeñaba el papel de Arpagón, el protagonista de “El enfermo imaginario”, la que habría de ser su última creación, escrita con motivo de las fiestas con las que París acogió la vuelta del rey de un viaje a Holanda para dejar allí bien claro dónde estaba el Sol de Europa.
En aquellas representaciones el actor vestía unas ropas de color amarillo porque así le había correspondido en el reparto de la guardarropía, no por ninguna otra causa. En el curso de una de las funciones, y durante uno de sus largos parlamentos, Molière sufrió un brusco empeoramiento de su enfermedad pulmonar a la que luego me referiré, y aunque consiguió, con un enorme esfuerzo, y hoy diríamos que con una extraordinaria profesionalidad, finalizarla, murió pocas horas después entre bocanadas de sangre procedente de sus pulmones destrozados por la tisis. Desde entonces se considera de mal agüero por los actores el vestir de amarillo en el escenario y sólo algún desequilibrado o algún indómito tentador de la suerte se atreverá a lucir este color y eso, entre miradas críticas y preocupadas de sus compañeros de reparto.

Jean Baptiste Pocquelin era hijo de un maestro tapicero que trabajaba para la Casa Real, lo que llevaba inherente un buen número de gabelas entre las que figuraba la de ser Ayuda de cámara del rey, algo muy importante y altamente remunerado en una ciudad como el París del apogeo borbónico. Naturalmente, el padre quiso que Jean Baptiste siguiera sus pasos profesionales y en su día le sucediera en el cargo. Pero para ejercer un oficio en esas circunstancias no se consideraba suficiente la habilidad artesanal o el conocer los mínimos entresijos de un obrador de tapicería, sino que la persona llamada a ocuparlo debía tener una sólida formación en otros saberes con los que no desentonara en los ambientes que iba a frecuentar. Así, el hijo del tapicero Pocquelin estudió Humanidades en el Colegio de los Jesuitas de Clermont, amplió su aprendizaje con el filósofo Gassendi y por fin, se licenció como abogado.

Pero muy pronto sintió la vocación teatral y decidió renunciar al proyecto paterno con el consiguiente disgusto familiar. Porque en esa época, y así ha seguido siendo hasta hace poco el oficio de actor, –de “cómico” como a muchos les gusta aún que se les llame–, estaba situado en la consideración social a la altura de los mendigos, de los truhanes y robacapas de mercado y muy en parangón con el de las prostitutas. Nuestro personaje abandonó París y se unió a una modesta familia de comediantes, los Bejart, con los que fundó una compañía a la que titularon con el pomposo nombre “del Ilustre Teatro“. Enseguida sus relaciones con Magdalena Bejart, hija del jefe de la familia y verdadera organizadora de todo aquel tinglado, traspasaron las fronteras de lo profesional para entrar de lleno en la pasión amorosa; sin embargo, más tarde acabará casándose con la hija de ésta, Armanda, mucho más joven que él y mujer de carácter voluble y más bien “pendón” que no le acarreará sino disgustos durante el resto de su vida. Jean Baptiste Pocquelin no quiso, desde un principio, que su nuevo tipo de existencia repercutiera desfavorablemente sobre el prestigio de su familia y cambió su nombre por el de Molière que ya no abandonaría jamás.

Una de las virtudes del Molière escritor fue hacer que los personajes de sus comedias representasen individuos y caracteres tomados del natural, de su entorno y de la sociedad, a la que siempre miró con agudos ojos de observador y de crítico. Ésta es, quizá, una de las cualidades que han hecho perdurar su obra porque esos personajes existen y existirán mientras los hombres y mujeres seamos de carne y hueso. Luego Molière, artista al fin y al cabo, elabora una caricatura de sus modelos, hace resaltar en ellos sus rasgos más significativos y, sobre todo, sus defectos que son los que provocarán en el espectador la sonrisa o la carcajada pero también la meditación sobre las situaciones que ve escenificadas a la luz de las candilejas o de los focos.

Como es lógico, Molière tiene en su particular escalafón de afectos su filias y sus fobias y eso también lo va a transmitir a la hora de crear personajes y de darles uno u otro tratamiento escénico; al artista creador su pluma le permite extremar su sarcasmo sobre ciertos sujetos o sobre ciertos grupos humanos haciéndolos objeto de mayor burla por los espectadores, lo mismo que puede enaltecer a otros de su predilección para presentarlos al público revestidos de virtudes de las que posiblemente carezcan en la realidad. Entre los del primer grupo se encuentran sin duda alguna en la amplia obra de Molière los médicos a los que hizo protagonistas de sus chanzas en innumerables ocasiones. En esto, el escritor francés tiene cierta similitud con nuestro Francisco de Quevedo, otro tremendo burlón contra los médicos de su tiempo y la precaria Medicina ejercida por ellos. Esta inquina quevedesca se materializó en epítetos tan crueles dirigidos a los médicos como “servidores de la muerte” o “ponzoñas graduadas” así como en numerosos versos en los que nuestros colegas quedaban terriblemente malparados, a pesar del lenguaje tan florido y envidiable que para tal labor usaba don Francisco.

El doctor Gregorio Marañón, que tan acertadamente supo simultanear y complementar sus actividades médica y literaria, tenía sobre este particular una sugestiva opinión, que en buena parte comparto, en su libro “Las ideas biológicas del padre Feijóo”, comenta que “desde Aristófanes a Bernard Shaw -pasando por Petrarca, por Molière y por Quevedo – siempre he entendido que las sátiras antimédicas son expresión desbordada e inadvertida de una atracción enérgica hacia nuestro arte; y, a veces, simple resentimiento de no poder recetar.”

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