“LOS NIÑOS DE PICASSO”

“Los niños de Picasso”

La psicología concede cada vez más importancia a la niñez y a la adolescencia como el periodo vital del individuo en el que se perfilan conceptos, modelos, arquetipos e ideales que perdurarán el resto de su existencia. Estas épocas marcan la personalidad y llevan a cada persona por el camino de la satisfacción o de la frustración, según consiga o no acomodar los logros de su vida a esos patrones precozmente establecidos. En el caso de Pablo Ruiz Picasso, su niñez fue feliz, imaginativa y libre de otras ataduras que las necesariamente inherentes a los sistemas educativos de su tiempo. Por tanto, los analistas no se explican que sea casi imposible encontrar rasgos de felicidad en sus pinturas.

Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

Los analistas se preguntan si será posible rastrear en las biografías de los genios artísticos algún rasgo de similitud que pueda explicar, si no su eclosión, sí al menos el terreno en el que comenzó a desarrollarse esa genialidad. Seguramente la respuesta habrá de ser negativa por la misma condición humana a la que nos estamos refiriendo. Hablar de genios es hacerlo de individuos que en su modo de actuar en y sobre el mundo que los rodea, en este caso con el instrumento de la creación artística, rompen moldes preestablecidos y se separan así de lo que podríamos tener como cánones. Por lo tanto, una de las fundamentales características que los definen es precisamente su originalidad, el no parecerse a ningún otro. Cada genio es por su propia naturaleza irrepetible, por más que nunca pueda partir para su obra de la nada si no de algo preexistente a lo que sabrá cambiar con su talento, y por mucho también que luego sea imitado o hasta llegue a formar lo que se denomina “escuela”.

Sin embargo, en ocasiones, cuando repasamos entre admirados y envidiosos las vidas de esos personajes que de una forma u otra han rozado de modo mágico las nuestras, podemos encontrar algunos retazos que sugieren un cierto paralelismo que quizá no sea otra cosa que una mera casualidad, aunque algo nos dice que puede ser algo más. Es el caso de dos de estos individuos sobresalientes, separados entre sí por casi todo, el tiempo, la geografía, la historia que les tocó vivir y la actividad artística a la que se dedicaron: Mozart y Picasso. ¿Tienen algo en común el salzburgués y el malagueño aparte de haber revolucionado el uno la música y el otro la pintura, de ser dos de los encabezados más importantes de la historia del arte de todos los tiempos y, posiblemente, los dos artistas más universalmente conocidos y reconocidos no sólo por los amantes del arte sino incluso por gentes que nunca han vibrado por una melodía o por un cuadro? Pues sí, ese parangón existe.

La genialidad nació con ellos, de eso no debe caber duda, bien se considere este don un regalo de la Providencia o fruto de una afortunada conjunción de elementos bioquímicos en los genes de sus cromosomas. Pero esta circunstancia se ha dado del mismo modo en otros muchos excelsos creadores, inventores, descubridores o artífices de cualquier forma de pensamiento a lo largo de toda la historia de la humanidad; gracias a todos ellos el hombre es hoy lo que es y se ha distanciado de sus trasabuelos del hacha de sílex, aunque a veces deje aún asomar en sus ideas y sus actos el pelo de la cueva.

Tanto Pablo como Wolfgang tuvieron una suerte añadida y la aprovecharon al máximo. Ambos vinieron al mundo en el seno de familias con arraigado gusto y preclara dedicación precisamente al arte en que habrían de descollar. Los dos contaron con unos padres, Leopoldo Mozart para el músico, José Ruiz para el pintor, que eran por sí mismos estimables artistas aunque, desde luego, sin alcanzar ni de lejos la brillantez de sus hijos; pero fueron, eso sí, excelentes maestros que supieron descubrir muy pronto las cualidades de sus vástagos y las orientaron desde el primer momento para que granaran y no se desperdiciara uno solo de sus valores aún en agraz.

El padre de Mozart fue más exigente, hasta el punto de que su conducta roza, si no sobrepasa, los límites de la explotación de un niño por muy especial y extraordinario que sea éste. Con apenas cinco o seis años lo exhibía como a un mono de feria o a un prodigio de la naturaleza por los palacios y salones de la melómana Austria. Don José Ruiz, por el contrario, tuvo siempre muy clara su condición de padre junto o por encima de la de maestro.

Ambos comenzaron en sus años más infantiles a crear obras de arte imitando a otros autores, copiando modelos, de música o de dibujo, aunque ya se adivine un toque de personalidad original a edades tan tempranas. El catálogo mozartiano recoge sus cuartetos, conciertos y hasta sinfonías de niñez; la familia Ruiz Picasso recolectó y conservó los trabajos del niño y adolescente Pablo en un número superior a 2.000 que hoy forman el núcleo del museo Picasso de Barcelona. Después, su labor creativa siguió siendo frenética durante el resto de sus vidas con una notable diferencia: Mozart murió con 35 años mientras Picasso vivió hasta los 92, aunque los dos llegaron a sus últimos momentos con la partitura o el pincel entre sus manos.

Otra diferencia importante es que frente al exclusivismo de la enseñanza de Leopoldo Mozart, José Ruiz se preocupó de que aparte de lo que él le podía enseñar, su hijo se integrase en una educación artística académica en todos y cada uno de los lugares a los que la actividad profesional del padre llevó a la familia por la geografía española: Málaga, La Coruña, Barcelona. El academicismo se vería pronto desbordado por la genialidad innovadora, pero siempre se mantendría como un poso que los estudiosos de la obra del español han sabido sondear a través de su larguísima y cambiante trayectoria de estilos y maneras.

Podríamos afirmar, cotejando los primeros años de vida de estos dos singulares personajes, que la niñez de Mozart fue triste y agobiante, marcada por la omnipresencia en todos los ámbitos de la figura de un padre dominador y, diríamos en términos psicoanalíticos tan alejados de su época, castrante de la personalidad. Por el contrario, la niñez de Picasso hubo de ser feliz, imaginativa y libre de otras ataduras que las necesariamente inherentes a los sistemas educativos de su tiempo; claro que pudo encasillarse con la formación encorsetada que recibió en casa y en el colegio primero, en la Escuela de Bellas Artes más tarde; pero no lo hizo, tanto por su innata y emergente genialidad como porque su padre y el resto de la familia reconocieron y estimularon ésta. Luego voló a su aire, pero desde un principio se supo admitido y admirado en el terreno más firme que pisa un niño: el entorno familiar; allí le dieron las alas con las que luego volaría.

Y puesto que de niñez hablamos, quiero ahora acercarme a la visión que el artista tuviera y nos haya transmitido de otros niños. ¿Se transparentará algo de sus vivencias infantiles en la forma en que plasmó la figura del niño en su extensa obra? La psicología concede cada vez más importancia a la niñez y a la adolescencia como el periodo vital del individuo en el que se perfilan conceptos, modelos, arquetipos e ideales que perdurarán el resto de su existencia, marcando su personalidad y llevándole por un camino de satisfacción o de frustración según consiga o no acomodar los logros de su vida a esos patrones precozmente establecidos. La infancia es la época en que se forjan y tensan los resortes (o se cargan las baterías, si queremos utilizar un símil más moderno) que impulsarán la actividad intelectual de cada uno de nosotros. ¿Se dejarán ver esas fuentes de energía en los actos sucesivos?

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