“EL CONFINAMIENTO DE DON CARLOS(3ªPARTE)”

Confinamiento

A raíz del desgraciado accidente, su salud fue empeorando. Pese a ello, y a sus evidentes muestras de inestabilidad, el Rey siguió confiando en las posibilidades de Don Carlos. A partir de 1564, asiste y participa en reuniones del Consejo de Estado, lo que haría en compañía de Don Juan de Austria un año más tarde. No fue ésto óbice para que la actitud hacia su padre se enrareciese de forma ostensible. Ya en cierta ocasión había persuadido a Antonio de Toledo, caballerizo del Rey, para montar un caballo al que éste apreciaba de forma especial. Las heridas que le infligió y la saña con que lo hizo provocaron la muerte del animal.

Eran tiempos difíciles para el rey prudente. Por un lado estaba en entredicho la talasocracia en el Mediterráneo debido al avance otomano, lo que constituía una seria amenaza y en lo referente a los Países Bajos, la convocatoria de los Estados Generales, encabezados por Guillermo de Orange, Egmont y Horn, aconsejaban el envío urgente del duque de Alba para sofocar la rebelión. La decisión exasperó de tal manera al príncipe que llegó a amenazar de muerte al duque, pues el rey, había prometido en 1559 enviar a don Carlos como Gobernador de los Países Bajos. Era el agravio más grande que había recibido de su padre. El embajador francés daba parte de la situación en términos alarmantes, “Si Dios no lo remedia, podría suceder una gran desgracia”.

La situación se hizo insostenible. El príncipe se puso en contacto con los rebeldes, había tomado la decisión de encabezar la sublevación. Para llevar a cabo su plan pidió ayuda a don Juan de Austria quien, sin salir de su asombro, intentó disuadirle. El Rey fue informado de inmediato. El 18 de Enero de 1568 Don Carlos se ve sorprendido en sus aposentos por la figura de su padre, acompañado por cuatro miembros del Consejo de Estado, e incorporándose le pregunta: “¿Vuestra Majestad ha venido a matarme?”. Tras tranquilizarle le dice que en adelante no le trataría como padre, sino como Rey. A partir de ese momento, quedaría recluido a perpetuidad en las torres del Alcázar de Madrid y aislado de sus amigos y familiares.

Es significativa la carta enviada por Felipe II al duque de Alba justificando tal decisión: “Duque y primo mío: Vos sabéis muy bien cuál es el natural del príncipe, mi hijo, y cuáles sus acciones, para que tenga que detenerme en justificar la medida que acabo de adoptar y explicaros los motivos de mi suprema resolución… En lo que se refiere a mí solo, con sus desobediencias y faltas de respeto de todas clases, habría tenido paciencia, o, al menos, habría empleado otros procedimientos; pero teniendo en cuenta mis deberes para con Dios, para con el bien público de la cristiandad y de mis Estados, he visto en toda su evidencia los inconvenientes, los peligros que podían seguirse en el porvenir, lo mismo que los que ya nos amenazan.”

Durante su reclusión sus amenazas e intentos de quitarse la vida fueron permanentes. Se negó a comer durante semanas, o lo hizo de forma desmesurada en otras ocasiones y estuvo expuesto a bruscos cambios de temperatura. Llegó a tragar un valioso anillo en la creencia de que los diamantes contenían veneno. Su salud se fue deteriorando hasta que, después de haber comido una copiosa empanada de perdices y bebido agua helada en abundancia, fallece el 28 de julio de 1568 a los 23 años de edad.

La muerte de Don Carlos se vio envuelta en un halo de misterio que perdura hasta nuestro días. En 1581 Guillermo de Orange había dirigido su “Apología”, redactada por Pedro de Oyseleur, a su acérrimo enemigo Felipe II. La obra hacía referencia a la implicación del Rey en la muerte de su hijo, y dejaba entrever la supuesta relación amorosa de don Carlos con su madrastra Isabel de Valois.

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