“LA CALIDAD DE LA VIDA IMPORTA MÁS QUE LA VIDA MISMA”

Si en los comienzos del siglo XX hubo un personaje médico polémico, ese fue Alexis Carrel. “La calidad de la vida importa más que la vida misma”. Es una cita suya que introduce de lleno en el análisis de su conducta personal y científica, cuyo objetivo fue el estudio de la verdad del ser humano. En 1912 recibe el Premio Nobel de Medicina “en reconocimiento a sus trabajos sobre sutura vascular y trasplantes de vasos sanguíneos y órganos”.

Dr. Ángel Rodríguez Cabezas De la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas y de la Sociedad Española de Historia de la Medicina. Dra. Maribel Rodríguez Idígoras Especialista en Medicina Preventiva y Salud Mental.

El científico
Si interesante, aunque polémica, resultó esta faceta de su vida, que se enmarca bajo la influencia de la tortura espiritual, no lo es menos la científica que revoluciona el mundo de la Cirugía, y que le hace ganar el Premio Nobel. El éxito de su carrera lo determina, siendo estudiante, el atentado que en Lyon, en 1894, sufre el presidente Sadi Carnot, al que asiste impotente junto con el equipo médico que le atendió, ya que la herida que afectó a un vaso importante fue mortal de necesidad y los cirujanos fueron incapaces de suturar rápidamente la vena porta, que había sido lesionada. Aquello alarma su inquieta mente científica de tal forma que le lleva a tomar seriamente la determinación de estudiar la técnica útil para suturar quirúrgicamente los vasos sanguíneos borde a borde. Localiza las agujas más finas, que le proporciona la famosa bordadora Madame de Levoudier, y empieza a practicar en todos los materiales posibles, incluso papeles de periódicos, para pasar a animales de experimentación. Logra depurar su técnica de tal forma que sutura, evitando la constricción y la infección, merced a su método que consistía en dar tres puntos equidistantes en el extremo de cada vaso, después de haberles dado la vuelta como a un calcetín, con objeto de que solo la cara interna de ellos estuviera en contacto. Logra hacer el “más difícil todavía” suturando venas cada vez más pequeñas, con una técnica colmada de exquisita habilidad y sedas de Alsacia.

En 1906 se incorpora al Instituto Médico Rockefeller de Nueva York donde realiza multitud de trasplantes de vasos sanguíneos y órganos enteros, verdaderas acrobacias experimentales anatómicas para la época, como, por ejemplo, extirpar órganos con sus vasos correspondientes y trasplantarlos en otro lugar del cuerpo del animal.

La importancia de su técnica permite pronto realizar intervenciones quirúrgicas en el hombre, tendentes a curar las cardiopatías congénitas, como la realizada en 1944 por A. Blalock y H. G. Taussig.

En 1912 se le concede el Premio Nobel de Medicina “en reconocimiento a sus trabajos sobre sutura vascular y trasplantes de vasos sanguíneos y órganos”.

No termina aquí sus aportaciones a la Medicina. Durante la I Guerra Mundial inventó una solución antiséptica para la desinfección de heridas, la de Dakin-Carrel (mezcla de hipoclorito sódico, borato sódico, ácido bórico y agua), que salvó muchas vidas y que tuvo un gran implante en la práctica quirúrgica durante muchos años. En una historia en su vida que comienza cuando en la Gran Guerra sirvió como Mayor en la Armada Francesa, habiendo sido movilizado en 1914 y destinado a oficinas para realizar tareas burocráticas. Una vez que logró el traslado al Hôtel-Dieu de Lyon, se enfrascó en el estudio de la infección de las heridas de guerra. Centró su actividad en la búsqueda de un antiséptico eficaz. Con el apoyo del Instituto Rockerfeller y otras instituciones, comenzó el trabajo junto con el químico Henry Dakin (1880-1952).

Fruto de estas investigaciones en colaboración fue la famosa solución antiséptica (Dakin-Carrel) tan utilizada a partir de entonces en todas las heridas. Además de ello, Carrel confió en los principios de la bacteriología que comenzaba su caminar, para supervisar minuciosamente el progreso de la infección y determinar el tiempo de cierre secundario de las heridas. Es el “método Carrel” que se hizo famoso entre los cirujanos de guerra. Consistía en hacer un frotis de uno de los bordes de la herida, teñirlos y contar el número de bacterias. Esto, junto con la extirpación de todo material extraño y tejido necrosado, y la limpieza meticulosa y lavado con solución de Dakin-Carrel, produjo, en una época donde los antibióticos no había aparecido aún, una gran disminución en la tasa de mortalidad de los heridos y en la disminución de las complicaciones de las heridas de guerra.

Y en 1930 su espíritu inquieto le lleva a construir, junto con el piloto Charles A. Lindberh, el primer aviador que cruzó el Atlántico, una bomba de corriente sanguínea o “corazón artificial, o sistema de respiración estéril” con objeto de poder conservar los órganos de los animales de experimentación.

Finalmente en 1939 Carrel abandona los Estados Unidos de América y regresa -como todos de alguna forma lo intentan- a sus raíces.

Es en París, en 1944, donde le sorprende la muerte, dejando tras de si una obra en lo que lo anecdótico se hace profundo y trascendente, aunque tras su muerte su nombre se olvidó durante 45 años, hasta que fue rescatado por el Frente Nacional. Los franceses pensaron que sus ideas pesaban más que sus méritos científicos que le llevaron a obtener el Premio Nobel. Su nombre fue retirado de las calles de más de veinte ciudades de Francia, excepto Paris.
Esta es la historia de un científico cuya vida polifacética trascurrió en conductas extrañas y contradictorias.

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