“JOHN HUNTER,CIRUJANO INNOVADOR Y NATURALISTA”

A mediados del siglo XVIII se disolvió definitivamente la Compañía de Barberos y Cirujanos, un gremio que tuvo mucho que ver con el desarrollo de la Medicina en general, y la Cirugía en particular. Un mismo individuo para afeitar, sacar dientes o realizar sangrías. En esa época, en Londres, John Hunter (1728-1793) se convirtió en uno de los cirujanos con mayor prestigio de la historia. Conocido como “padre de la Cirugía científica” -la situó al mismo nivel que otras disciplinas médicas-, John Hunter fue más que eso: patólogo, dentista y naturalista en sentido amplio. Pero, fundamentalmente, fue un hombre de ciencia.

Ana M. Correas. Doctora en Biología. Museo Nacional de Ciencias Naturales

El Museo Hunter de Londres, que fue reabierto en febrero de 2005, acoge lo que queda de la colección que el cirujano escocés John Hunter inició hace más de 200 años. Son más de 3.000 preparaciones de anatomía, anatomía comparada y patología, así como ejemplares de historia natural, fósiles, instrumental quirúrgico (hace un recorrido por la evolución de la Cirugía desde el antiguo Egipto hasta la actualidad) y obras de arte adquiridas por el propio Hunter y por el Colegio tras su muerte.

La colección fue adquirida por el gobierno británico en 1799, quien la cedió a la Compañía de Cirujanos. Esta última decidió quedarse con ella a cambio de que la corona le otorgase el título de Real Colegio. Desde 1806, la colección se encuentra en la sede londinense del Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra.

John Hunter no fue un coleccionista compulsivo, aunque en su casa se encontrasen, objetos muy diferentes: vestidos y ornamentos esquimales, flechas, dagas, armaduras, pinturas o esculturas… Pero también existían numerosos ejemplares de historia natural (fósiles, el feto de un canguro o peces eléctricos), o preparaciones patológicas (huesos fracturados, cráneos en los que se pueden apreciar los signos de la sífilis), que se entremezclaban con los resultados de algunos de sus experimentos (la cabeza de un gallo con un diente humano implantado en su cresta). Todos estos ejemplares, y otros muchos que fueron destruidos en los bombardeos de las tropas alemanas en 1941, convirtieron a la colección Hunter en la más importante de su tiempo. No era una simple exhibición de ejemplares, sino que reflejaba las teorías de su fundador, en particular las adaptaciones continuas de las estructuras a su función.

A pesar de sus orígenes poco prometedores, era el menor de 10 hermanos y, todo apunta a que fue el favorito de su padre y de su madre, mimado y mal estudiante, Hunter destacó por encima de otros muchos profesionales de la Cirugía. Con 20 años, tras vivir un tiempo con una de sus hermanas y trabajar como carpintero con su cuñado decidió marchar a Londres donde residía su hermano William, médico de cierto prestigio y buenas relaciones sociales, para ayudarle en su escuela de anatomía, fundada en 1746. En cuanto John llegó a Londres, William probó y comprobó su pericia con el bisturí.

De entre los numerosos cirujanos y anatomistas que, por entonces existían en Londres, las clases de mayor prestigio eran las de William Hunter. Las anunciaba como “clases de anatomía a la manera parisina”, es decir, con la posibilidad para los alumnos de diseccionar cadáveres1.

Durante los 12 años que trabajó con su hermano, John calculó que había asistido a la disección de más de 2.000 cadáveres2. William no tenía conexión con ningún hospital, de manera que las dificultades para obtener los cadáveres necesarios para sus clases eran aún mayores que para otros médicos. John jugó un papel fundamental en estas labores. Sus maneras, menos refinadas que las de su hermano, le permitieron relacionarse con un submundo de gran interés para los médicos y cirujanos de la época los “ladrones de tumbas o resurreccionistas”.

Desde la fundación, en 1540, de la Compañía de Barberos y Cirujanos los cuerpos para las disecciones eran obtenidos en el patíbulo. Acabar en la mesa de disección de un cirujano formaba parte de la condena a muerte. Sin embargo, el número de cuerpos que podían obtenerse de forma legal no era suficiente. Sólo seis al año. En consecuencia, rápidamente creció un negocio floreciente: los cadáveres eran robados directamente de los cementerios y vendidos a los médicos, ávidos de cuerpos que poder utilizar en sus clases de anatomía. El problema fue tan grave que, en distintos lugares de la ciudad, se construyeron torres de vigilancia junto a los cementerios. También los “cofres de hierro”, donde se introducía el ataúd de madera que albergaba el cuerpo, se utilizaron para disuadir a los “resurrecionistas”, quienes eran capaces de extraer el cadáver de su tumba sin prácticamente remover tierra.

En 1760 John se alistó como cirujano en la armada. Su periplo de tres años le llevó, en primer lugar a Belle-Ile, isla cercana a la Bretaña francesa. Sin embargo, sus labores como cirujano no le impidieron

realizar estudios sobre la historia natural de los lugares que visitaba, incluida la geología. También realizó observaciones sobre el oído en los peces o la regeneración de la cola en lagartijas. Su interés era claro: comprendió que el conocimiento sobre el origen y desarrollo de las enfermedades, algo prácticamente inexistente en esos momentos, pasaba por entender la naturaleza y función de los tejidos en estado sano, y no sólo en el ser humano, sino en todos los seres vivos. Todos los resultados de sus investigaciones se convertirían en obras de referencia de la literatura científica de la época.

A su regreso, John pasó a ejercer como cirujano particular. Ya no trabajaba con su hermano William y, en 1775, anunció su propio curso de “Principios y Práctica de Cirugía”, que impartió hasta su muerte. Entre algunos de sus alumnos se encontraron Edward Jenner y Sir Astley Cooper. Con el primero mantuvo una correspondencia que duró años y en sus cartas siempre le aconsejaba “No pienses, experimenta”.

En 1764 John había comprado terrenos a dos millas de Londres, en un lugar conocido como Earl´s Court y construido una casa con el fin de seguir realizando sus experimentos.

Esta casa fue testigo de peleas entre John y sus animales y distintos experimentos, como la congelación con el fin de determinar la producción de calor en plantas o animales. Pero también de un hecho un tanto extraño. En una noche de junio de 1783, como si de un ladrón se tratase, John llegó a la casa con una carga especial. Era el cadáver de Charles Byrne (u O’Brien), el “gigante irlandés”, por el que pagó 500 libras (unas 30.000 libras actuales) a los “custodiadores”. Estos habían sido contratados por el propio O´Brien para evitar que fuese a para a la mesa de disección de algún cirujano. Hunter fue el único de entre una “tribu de cirujanos” capaz de hacerse con el cuerpo de O´Brien. Esa misma noche lo coció en un balde. Sin embargo, John mantuvo su éxito en secreto hasta que, en 1787 habló por primera vez de su “hombre alto”.

Cada día, Hunter se desplazaba hasta la casa de Earl´s Court desde su residencia habitual. La familia Hunter, formada por John, su esposa Anne Home y sus dos hijos, ocupó varias casas hasta que, en 1783, fijaron su residencia en Leicester Square hasta la muerte de John diez años más tarde. En los años siguientes todo el dinero familiar se destinó a ampliar la casa. La zona oeste estaba ocupada por la vivienda familiar y por allí accedían tanto los pacientes de John como los participantes en las veladas literarias y musicales de la Sra. Hunter, entre los que se incluían escritores, como James Boswell, y Horace Walpole (autor de “El castillo de Otranto”, considerada como la primera novela gótica) o músicos, como Joseph Haydn, quien utilizó poemas de Anne para su composición “Seis canciones originales”.

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