“HACER LA HISTORIA DE UNA CIENCIA ES SEGUIR…”

Hacer la Historia de una Ciencia es seguir el desarrollo de las ideas y hechos nuevos que van acreciendo su caudal; es separar las ideas triunfantes, que han logrado incorporarse al organismo científico de las ideas vencidas que, con el tiempo, han sido eliminadas del mismo; es precisar si el éxito de las ideas arraigadas es simplemente de yuxtaposición o si es el éxito más trascendental de la inducción o de la renovación, y entonces hay que determinar las acciones y reacciones que la idea nueva produce en las ideas preexistentes. Problema mucho más sencillo entraña la Historia Científica de un país; la cual, para ser completa, ha de reseñar los progresos de la Ciencia en el país y los progresos del país en la Ciencia

Fernando J. Ponte Hernando. Unidad Docente de Historia de las Ciencias de la Salud. Universidad de Vigo. (Pontevedra).

El progreso de la Ciencia Médica conlleva una enorme colección de ventajas que han permitido al hombre, con el resto de las ciencias y técnicas, partiendo de las cavernas, llegar al punto actual de desarrollo. El aumento de la esperanza de vida y su incremento en calidad, el desarrollo del pensamiento abstracto, de las artes y del humano conocimiento en general, se le deben en buena parte. Aunque ello no sea más que por esa eterna verdad de “primum vivere, deinde filosofare”.

Los avances que han supuesto, apenas en el ayer de la Historia, el conocimiento de los hechos y mecanismos fisiopatológicos y anatomoclínicos y el despertar de la terapéutica, con la aparición de los antibióticos y quimioterápicos, de los antineoplásicos, neurolépticos, y otros hallazgos como el aislamiento de la insulina y su síntesis y producción industrial, han dado un vuelco al tratamiento y a la evolución de las más agresivas enfermedades conocidas, como tales, hasta hace poco. Dicho avance ha traído, paradójicamente, una disminución o un olvido doloso del conocimiento de su curso clínico natural, hasta la gran incapacidad o el exitus, al haber sido yugulado este curso en etapas más o menos precoces de su evolución. Con ello, se ha perdido, en buena parte, aquel vastísimo conocimiento semiológico, fisiopatológico, patogénico y patocrónico que tenían nuestros mayores en las diversas especialidades. Baste recordar la rica semiología psiquiátrica de Bleuler o las valiosas descripciones clínicas, sin ir más lejos, del Manual de Medicina Interna de Hernando y Marañón o las detalladas relaciones sindrómicas de Nóvoa Santos, Jiménez Díaz o Rof Carballo.

Quienes han llevado el timón de la nave de la Ciencia en estos niveles excelsos, han guiado a los demás y han sido capaces, en un momento dado, de dar una virada por avante y marcarnos el rumbo correcto a las generaciones posteriores de médicos e investigadores; sin embargo, este progreso también trae consigo algunos inconvenientes de diverso orden: ambiental, adaptativo, económico, social, político, alimentario, epidemiológico y otros. De ellos, no es el menor el que se adopten, con frecuencia, posiciones de relajación y por tanto vulnerabilidad, ante enemigos nosógenos que por haber sido vencidos al conocerse sus mecanismos patogénicos y disponer de terapias, sino definitivas al menos suficientes, para encararlos, parecen derrotados o controlados para siempre. Sin embargo, pueden reaparecer, incluso con mayor energía, apoyados por los elementos constitutivos de ese mismo progreso, como son las conductas inadecuadas: dietas pobres en fibras, sedentarismo, consumo de alcohol y tabaco y otras pautas habituales en la vida moderna occidental.

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