“LA MIRADA,ESE GESTO TAN IMPORTANTE”

La mirada es un gesto cargado de resonancias anímicas. Los médicos la han utilizado, desde que existe su oficio, como un instrumento de exploración. Por un lado, está la mirada del enfermo que puede en muchas ocasiones mostrar indicios de su padecimiento y, desde luego, se posa siempre en los médicos en demanda de ayuda y en expectativa de adivinar el pronóstico de su enfermedad. Pero es la mirada del facultativo la que cumple esa función instrumental que muchas veces, aun en la época de la sofisticación tecnológica, no puede ser suplida por otros métodos, que con razón se llaman complementarios.

Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

Siguiendo el diccionario de uso del español de doña María Moliner, mirar es “aplicar a algo el sentido de la vista para verlo”, y mirada, la “acción de mirar”. Pero Moliner destaca un importante detalle al que no aluden otros lexicones, cuando explica el significado de mirada dice que “se considera como algo que sale de los ojos y llega al objeto”. Es un matiz que ya había expuesto Antonio Machado al escribir en sus Proverbios y Cantares que dedicó a Ortega y Gasset: “El ojo que ves/ no es ojo porque tú lo veas,/ es ojo porque te ve.” En cualquier caso, la mirada es la forma en que el hombre se pone en relación con el mundo y, desde luego, con las otras personas, a través del órgano de la visión. Para el gran estudioso de los símbolos Juan Eduardo Cirlot, “mirar, o simplemente ver, se identifica tradicionalmente con conocer (saber, pero también poseer). Por otro lado, la mirada es, como los dientes, la barrera defensiva del individuo contra el mundo circundante: las torres y la muralla, respectivamente, de la ciudad interior.”

A veces, ese gesto tan cargado de resonancias anímicas puede suscitar en quien lo recibe una emoción incomparable con otras actitudes. Petrarca crea la nueva lírica del Renacimiento inspirado por Laura con la que, confiesa, no cruzó más que una sola mirada en toda su vida. Bécquer, en una de sus primeras Rimas, ofrece “por una mirada, un mundo”. El lector aficionado al cine recordará, sin duda, la seductora imagen de la mirada perdida de Greta Garbo en la escena final de la película “La Reina Cristina de Suecia” que Rouben Mamoulian rodó en 1933. Richard Wagner hace uso de la mirada entre los protagonistas de su “Tristán e Isolda” para establecer entre ellos un acto de reconocimiento y de comunicación absoluta. Y así, podríamos seguir poniendo ejemplos de miradas subyugadoras; ni una palabra, sólo unos ojos a través de los que se vuelca todo un mundo interior.

Puestos a buscar miradas singulares es necesario detenerse en la de los niños. Éstos, desde sus primeros meses de vida, cuando el desarrollo de la retina y de las vías de transmisión óptica lo permiten, y hasta que acaba el período que se denomina de la primera infancia, miran siempre directamente a los ojos de la persona que tienen frente a sí, incluido el pediatra que los explora o alguien a quien no han visto nunca antes. Es un detalle que suelo hacerles observar a los alumnos que se inician en las prácticas de mi especialidad médica. El niño fija sus ojos en los nuestros y nos damos cuenta de que no sólo está dándonos a conocer sus sentimientos sino de que está atento a captar en cada instante los nuestros. Nada se puede ocultar a esa mirada diáfana,inapelable del niño. Por eso, aunque muchos médicos no pediatras no piensen así, nuestra actitud y nuestra propia mirada en su presencia han de ser exquisitamente cuidadas; nos están analizando tanto o más que nosotros a ellos. La mirada de un niño es la imagen más perfecta de la inocencia, de la falta de malicia, pero, a la vez, una tremenda y permanente interrogación hacia nosotros; nos pregunta constantemente por todo, es el signo de una voracidad por saber que es obligación de los adultos saciar y hacerlo con sinceridad. No es fácil, no, resistir a veces la mirada cándida pero exigente de los niños; los ojos de un niño son los más tremendos testigos del mundo adulto que le rodea, testigos que quizá no comprenden lo que ven pero que, por una suerte de magia que sólo tiene la niñez, serán terribles acusadores de nuestras malas acciones –y por eso pagan tantas veces con el maltrato ese testimonio- o el mejor premio cuando se embellecen todavía más con una sonrisa ante nuestra actitud para con ellos.
¿Existe algún espectáculo más bonito que ver la mirada sorprendida y excitada de un niño la mañana del día de Reyes?

Es un dato pediátrico de primera magnitud –que no se suele enseñar en las clases- el saber que uno de los indicios más fiables de enfermedad en un niño es la pérdida o disminución de la habitual vivacidad de su mirada. Los ojos tristes de un pequeñín – aun de un lactante de pocos meses- nos deben servir de alerta de que algo no funciona como es debido en ese organismo.
El niño mayor y una gran parte de los adultos pierden o escamotean aquel signo de relación. Efectivamente, qué pocas personas miran a los ojos de su interlocutor tanto cuando le escuchan como, sobre todo, cuando son ellas las que hablan. El punto hacia el que un individuo desvía la mirada al contestar una pregunta que roza su intimidad, cuando no mira de frente a quien la formula, es un acto inconsciente pero, sin embargo, de gran valor proyectivo como bien saben los psicólogos dedicados a la selección de personal mediante entrevistas con los candidatos, y también quien se ocupa de psicología clínica y forense. Los ojos dirigidos hacia arriba y a la derecha en los instantes previos a responder significan, según rigurosos estudios de este campo, sinceridad en el proceso mental que transcurre en la mente del sujeto y, por tanto, en la contestación; hacia arriba y a la izquierda, advierten de una más que probable elaboración de la respuesta que se traducirá en alguna forma de falsedad de ésta.

En el habla española la mirada entra a formar parte de muchas expresiones que requieren muy poca o ninguna explicación para quienes nos relacionamos en esta lengua, pero que a menudo son entendidas con dificultad por los que piensan y se expresan en otro idioma. Valgan unos pocos ejemplos.

Mirada de reojo, de soslayo
(“… Y luego, incontinente,/ caló el chapeo, requirió la espada,/ miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.”, escribe Cervantes en su célebre soneto al Túmulo del Rey Felipe II); mirada furtiva, huidiza, perdida, penetrante, cálida, tibia o fría; mirar por encima del hombro, de arriba abajo; devorar con la mirada, sostenerla; y algo tan sutil en su interpretación como mirar mal a alguien y que, sin embargo, ha provocado y sigue haciéndolo en esta España nuestra graves altercados, a veces hasta teñidos de sangre, entre gentes que parecen imitar el ejemplo goyesco de la trifulca a garrotazos.

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